El arrobamiento místico... de la carne
Santa Teresa
Relato de Santa Teresa
"El libro de la Vida"
(1563)
"Estando una noche tan mala, que quería excusarme de tener oración, tomé un rosario por ocuparme vocalmente, procurando no recoger el entendimiento (...). Estuve así bien poco, y me vino un arrobamiento de espíritu con tanto ímpetu, que no hubo poder resistir. Me parecía estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi, fue a mi padre y a madre, y tan grandes las cosas en tan breve espacio (...), que yo quedé bien fuera de mí, pareciéndome muy demasiada merced. (...) Andando más el tiempo me ha acaecido, y acaece esto algunas veces: íbame el Señor mostrando más grandes secretos (...). Era tanto, que lo menos bastaba para quedar espantada, y muy aprovechada el alma, para estimar y tener en poco todas las cosas de la vida. Quisiera yo poder dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando como puede ser, hallo que es imposible; porque en solo la diferencia que hay de esta luz que vemos, a la que allá se representa, siendo todo luz, no hay comparación (...). En fin, no alcanza la imaginación por muy sutil que sea, a pintar ni trazar ninguna cosa de las que el Señor me daba a entender, con un deleite tan soberano, que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más. Había una vez estado casi más de una hora, mostrándome el Señor cosas admirables, que no me parece se quitaba de junto a mí. (...) Después quisiera mi alma estar siempre allí, y no tornar a vivir, porque fue grande el desprecio que me quedó de todo lo de acá: parecíame basura, y veo yo cuán bajamente nos ocupamos los que nos detenemos en ello. Me quedó también poco miedo a la muerte(...) ahora paréceme facilícima cosa para quien sirve a Dios, porque en un momento se ve el alma libre de esta cárcel.
(...)
"Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo al su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento"
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