jueves, 9 de junio de 2011

...y Leda - Enrique González Rojo



... y Leda



De "El primer burlador" - V
1997
Enrique González Rojo Arthur
Poeta, escritor y pensador mexicano





Tíndaro, rey espartano, amaba a su esposa,
pero más que nada a la fidelidad de su esposa.
¡Qué trabajo le costaba espantar a manotazos
las moscas de los celos que revoloteaban en torno
de su enmielada inseguridad!
Tíndaro sabía que Leda contaba con un gran número de admiradores,
pues cuando su mujer se presentaba en público,
muchos palidecían,
otros pergeñaban versos lacrimógenos
y algunos sentían una borrasca de latidos en su pecho.

Tíndaro odiaba a aquello que ocurría
o podía ocurrir a sus espaldas.
A todo lo que se movía en la oscuridad
-fuese un ratón, un rechinido o una tristeza le
atribuía pretensiones de conspiración.
Por eso tenía a su servicio un número importante de espías,
dedicados a ver quién se escondía detrás de los árboles,
debajo de los puentes
y, en compañía de sus malas intenciones,
detrás de una máscara sonriente y amistosa.
Pero hubo algo que permaneció en las galerías de lo invisible
o a la espalda del rey:
que Júpiter divisó un día a Leda,
se le retorció quién sabe qué músculo del corazón,
y se quedó prendado de ella.
Esto no le pasó por la mente al rey,
quien no obstante no dejó de dormir tranquilamente,
con su triángulo amoroso de costumbre
(él, su esposa y su almohada)
y con un sueño sereno sin los sobresaltos y pesadillas
que convierten la cama del durmiente en cama de tortura.

Júpiter sabía que él sería rechazado por Leda;
conspiraban en su contra:
la desconfianza que provocaba en una mortal
tener deslices con la inmortalidad,
su mala fama -llevar de corazón una veleta
que no podía enamorarse de un solo punto cardinal y,
más que nada, la virtud de Leda
que en ninguna circunstancia estaba dispuesta
a dar su brazo y sus promesas y su monogamia a torcer.
Pero al dios libertino jamás lo detenía un no:
el rechazo era un antídoto contra sus indecisiones.
Las reticencias o dudas vaginales de su asediada,
despertaban la voluntad de dominio de la boa que,
después de haber tenido el largo sueño
de asimilación de otra conquista,
despertaba y volvía a las andadas.
Júpiter, conociendo los gustos refinados de la joven
-le encantaban los caracoles
que se aprendían de memoria los poemas del mar,
los saltamontes que eran como alpinistas sin montaña,
los erizos y su puesto de alfileres en venta,
los delfines como olas que pasaban al estado sólido-,
se tranformó en el animal
que podía atraer la atención y el cuidado de la dama.

Pero Leda le era fiel al monarca.
No tenía la menor intención
de establecer un amasiato entre alguna de sus células
y uno de los galanes que la merodeaban.
Ni pensar en ello.
Para distraerse tenía damas de compañía,
mucamos y muchísimos juguetes.
Y en su jardín un estanque donde,
a su desgracia,
brillaban por su ausencia todo tipo de ánades y pájaros acuáticos.
Ahí se presentó Júpiter metamorfoseado en hermosísimo cisne
que alargaba “el cuello lentamente /como blanca serpiente
/que saliera de un huevo de alabastro”.
Era un animal caído de la vía láctea,
limpio, manso, insinuante
que se acercaba a ella (navío con dos galeotes)
en cuanto la divisaba.
Se aproximaba a ella,
la dejaba acariciarlo,
frotaba su cuello en el cuello de la dama,
se alejaba a veces
-a la distancia exacta en que iba a ser extrañado y
volvía rápidamente al corral de la caricia.
El cisne fue convirtiéndose en cotidiano,
juguete delicioso, imprescindible.
Ella se descubrió teniendo una obsesión desconocida por el ave.
Éste bogaba en la conciencia de Leda como idea fija.
Y todo empezó a parecerle gris,
si no es que negro, cuando le faltaba
la blancura emplumada y navegante de su embrujo.

Y sucedió lo irremediable: ambos,
Leda y el cisne,
la esposa de Tíndaro y el rey de los dioses,
se fueron a la parte más escondida del estanque
y empezaron a intercambiar confidencias y atrevimientos.
En los escarceos, Júpiter creyó ver fugazmente en su amada
la reencarnación de su madre
ya que, en cierto momento, su brazo y el cuello del cisne
se enroscaron apasionadamente
como dos sierpes
que logran su plena satisfacción en el nudo del amancebamiento.
Al calor de la entrega,
por su lado, la mujer columbró,
en una visión relampagueante,
una divinidad espectral a horcajadas en el cuerpo del cisne,
con el cuello del ave enhiesto y erguido,
ondulante y lujurioso,
saliendo y penetrando en su entrepierna.


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La orgía ritual - George Bataille


La Orgía Ritual
Georges Bataille


De "El Erotismo
Capítulo X:
"La transgresión en el matrimonio y en la orgía"



"De todas maneras, el marco regular del matrimonio sólo confería una salida estrecha y limitada a la violencia refrenada.

Más allá del matrimonio, las fiestas garantizaron la posibilidad de la infracción, con lo cual garantizaban a la vez la posibilidad de la vida normal, dedicada a actividades ordenadas.

Hasta la «fiesta de la muerte del rey (*) de la que hablé, y a pesar de su carácter poco formal y prolongado, preveía en el tiempo el límite de un desorden que al comienzo parecía ilimitado. Una vez que el cadáver del rey quedaba reducido a un esqueleto, dejaban de imponerse el desorden y el desenfreno, y volvía a empezar el juego de las prohibiciones.

Las orgías rituales, generalmente vinculadas con fiestas menos desordenadas, sólo preveían una interrupción furtiva de la prohibición que afectaba a la libertad del impulso sexual. A veces la licencia se limitaba a los miembros de una cofradía, como en las fiestas de Dionisos; pero, más allá del erotismo, podía tener un sentido más específicamente religioso. Los hechos los conocemos de forma muy vaga, pero siempre podemos imaginar cómo la vulgaridad y la pesadez acababan venciendo al frenesí. Pero sería vano negar la posibilidad de una superación en la cual contemporizarían la ebriedad que suele ir ligada a la orgía, el éxtasis erótico y el éxtasis religioso.

En la orgía, los impulsos festivos adquieren esa fuerza desbordante que lleva en general a la negación de cualquier límite. La fiesta es por sí misma una negación de los límites de una vida ordenada por el trabajo; pero, a la vez, la orgía es signo de una perfecta inversión del orden. No era por azar que en las orgías de las saturnales se invertía el orden social mismo, con el amo sirviendo al esclavo y éste acostado en el lecho de aquél. El sentido más agudo de esos desbordamientos provenía del acuerdo arcaico entre la voluptuosidad sensual y el arrebato religioso. En esta dirección la orgía, fuese cual fuese el desorden introducido por ella, organizó el erotismo más allá de la sexualidad animal.

En el erotismo rudimentario del matrimonio no aparecía nada semejante. Seguía tratándose de transgresión, fuese o no fuese violenta; pero la transgresión del matrimonio no tenía consecuencias, era independiente de otros desarrollos, posibles sin duda, pero no gobernados por la costumbre, y hasta desfavorecidos por ella. En rigor, la francachela es, en nuestros días, un aspecto popular del matrimonio, pero la francachela posee el sentido de un erotismo inhibido, convertido en descargas furtivas, en disimulos chistosos, en alusiones. El frenesí sexual, que, al contrario, afirma un carácter sagrado, es lo propio de la orgía. De la orgía procede un aspecto arcaico del erotismo. El erotismo orgiástico es esencialmente un exceso peligroso. Su contagio explosivo amenaza todas las posibilidades de la vida sin distinción. El rito primero quería que las ménades, en un ataque de ferocidad, devorasen vivos a sus hijos de corta edad. Más tarde, la sangrienta omofagia de los chivos previamente amamantados por las ménades recordaba aquella abominación.

La orgía no se orienta hacia la religión fasta, que extrae de la violencia fundamental un carácter majestuoso, tranquilo y conciliable con el orden profano. La eficacia de la orgía se muestra del lado de lo nefasto, lleva consigo el frenesí, el vértigo y la pérdida de la conciencia. Se trata de comprometer a la totalidad del ser en un deslizamiento ciego hacia la pérdida, momento decisivo de la religiosidad. Ese desplazamiento se da en el acuerdo que la humanidad estableció en segundo lugar con la proliferación desmedida de la vida. El rechazo implícito en las prohibiciones conducía al avaro aislamiento del ser, opuesto a ese inmenso desorden de los individuos perdidos el uno en el otro, y que su violencia misma abría a la violencia de la muerte. En un sentido opuesto, el reflujo de las prohibiciones, que da rienda suelta a la avalancha de la exuberancia, accedía a la fusión ilimitada de los seres en la orgía. De ninguna manera podía limitarse esa fusión a la estrictamente requerida por la plétora de los órganos de la generación. Era, desde el primer momento, una efusión religiosa; en principio, desorden del ser que se pierde y que nada opone ya a la proliferación desatada de la vida. Ese desencadenamiento inmenso pareció divino, de tanto como elevaba al hombre por encima de la condición a la que él mismo se había condenado. Desorden, griterío, violencia de los gestos y de las danzas, apareamientos sin concierto; en definitiva, desorden de los sentimientos, animados por una convulsión desmedida. Las perspectivas de la pérdida exigían esa fuga hacia lo indistinto, donde los elementos estables de la actividad humana se hacían esquivos, donde ya no había nada que no perdiese pie."



(*) Roger Caillois ha referido la imagen que sigue, referente al comportamiento de ciertos pueblos de Oceanía: «(...) En las islas Sandwich, la multitud, al enterarse de la muerte del rey, comete todos los actos considerados criminales en los tiempos ordinarios: incendia, pilla y mata, y de las mujeres se considera que han de prostituirse públicamente (...) En las islas Fidji, los hechos son aún más claros: la muerte del jefe da la señal para que comience el pillaje. Entonces, las tribus sujetas invaden la capital y cometen toda clase de actos de bandidaje y depredación. No obstante, estas transgresiones no dejan de constituir sagrilegios. Atentan contra las reglas que el día anterior eran vigentes y que al día siguiente volverán a ser las más santas e inviolables.» (L'Homme et le sacre, 2.a ed., Gallimard, París, 1950, cap. IV, «Le sacre de la transgression: théorie de la féte», págs. 125-168.)

 
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"Booz canta su amor" - Gilberto Owen



"Booz canta su amor"
Gilberto Owen
(fragmento)


Gilberto Owen
Poeta mexicano
(1905-1952)



Vámonos por las rutas de tus venas
y de mis venas. Vámonos fingiendo
que es la primera vez que estoy viviéndote.
Por la carne también se llega al cielo.
Hay pájaros que sueñan que son pájaros
y se despiertan ángeles. Hay sueños
de los que dos fantasmas se despiertan
a la virginidad de nuestros cuerpos.
Vámonos como siempre: Dafnis, Cloe.
Tiéndete bajo el pino más erecto,
una brizna de yerba entre los dientes.
No te muevas. Así. Fuera del tiempo.

Si cerrara los ojos, despertándome,
me encontraría, como siempre, muerto.


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Extasis de la beata Ludovica Albertoni - Gian Lorenzo Bernini



Extasis de la beata Ludovica Albertoni
Gian Lorenzo Bernini



La estatua de la beata Ludovica Albertoni es obra del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini.

Ludovica o Luisa nació en Roma en 1474. Fue esposa, madre y viuda. Pertenecía a la Orden Franciscana Seglar. Se dice que poseía el "don" de entrar en éxtasis místicos. Cuando fallece, en 1533, su cuerpo fue depositado en un bello sepulcro que se le dedicó en la capilla Altieri de la iglesia franciscana de San Francisco a Ripa, en Roma. Fue luego beatificada, y es entonces cuando la familia del Papa Clemente X decide encargarle a Bernini la construcción de un altar en su capilla de la misma iglesia de San Francisco a Ripa.

Sobre el altar del sepulcro de mármol se colocó la estatua hecha por Bernini en la cual queda representada la beata, en tamaño mayor que el natural pero no ya difunta, sino reclinada en el éxtasis místico en que dicen murió...



PS: gracias por tu atenta lectura Angel por señalar el equívoco del post!!! 
Gabi R.








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El arrobamiento místico... de la carne - Santa Teresa



El arrobamiento místico... de la carne
Santa Teresa


Relato de Santa Teresa

"El libro de la Vida"
(1563)


"Estando una noche tan mala, que quería excusarme de tener oración, tomé un rosario por ocuparme vocalmente, procurando no recoger el entendimiento (...). Estuve así bien poco, y me vino un arrobamiento de espíritu con tanto ímpetu, que no hubo poder resistir. Me parecía estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi, fue a mi padre y a madre, y tan grandes las cosas en tan breve espacio (...), que yo quedé bien fuera de mí, pareciéndome muy demasiada merced. (...) Andando más el tiempo me ha acaecido, y acaece esto algunas veces: íbame el Señor mostrando más grandes secretos (...). Era tanto, que lo menos bastaba para quedar espantada, y muy aprovechada el alma, para estimar y tener en poco todas las cosas de la vida. Quisiera yo poder dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando como puede ser, hallo que es imposible; porque en solo la diferencia que hay de esta luz que vemos, a la que allá se representa, siendo todo luz, no hay comparación (...). En fin, no alcanza la imaginación por muy sutil que sea, a pintar ni trazar ninguna cosa de las que el Señor me daba a entender, con un deleite tan soberano, que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más. Había una vez estado casi más de una hora, mostrándome el Señor cosas admirables, que no me parece se quitaba de junto a mí. (...) Después quisiera mi alma estar siempre allí, y no tornar a vivir, porque fue grande el desprecio que me quedó de todo lo de acá: parecíame basura, y veo yo cuán bajamente nos ocupamos los que nos detenemos en ello. Me quedó también poco miedo a la muerte(...) ahora paréceme facilícima cosa para quien sirve a Dios, porque en un momento se ve el alma libre de esta cárcel.

(...)


"Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo al su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento" 
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Continuidad del Erotismo - Silvia Calosso



Continuidad del Erotismo
Silvia Calosso


(Fragmento)
Silvia Calosso
Del panel “Literatura y erotismo”
En www.icrea.com.ar



"Las alegres “faloforias” de los campesinos helenos, las saturnalias latinas también rurales o semirurales, se incorporan transmutadas a la vida urbana: Las comedias griegas y latinas dan cuenta de las andanzas de Eros en sus múltiples formas y de un modo alegre y natural, aunque la censura romana ambienta las picardías eróticas en supuestas ciudades griegas. Mientras, y mucho antes de que en el Sympósion (Banquete) Platón desentrañe la naturaleza de Eros a través del diálogo filosófico y los romanos, amantes de la praxis den la palabra a Ovidio para que sintetice el Ars amandi, los poetas griegos arcaicos despliegan sus baterías al respecto: hetero u homoerótico, el amor es uno de los grandes temas de esa antigua poesía y su diosa, la bella Afrodita tiene un extraño y carnal nacimiento: fusión del agua del mar con la esperma de las gónadas de Chrónos, castrado por su hijo, ella hace pie por primera vez en una isla casi oriental: Chipre, desde donde su influjo no cesa."
 
 
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“Teletusa, con las nalgas al aire” - Epigrama latino (en latín y traducido al español)


“Teletusa, con las nalgas al aire”
Epigrama latino



Tomado de “Epigramas latinos”
Traducción: Leonard C. Smithers / Sir Richard Burton (1890)



Hic quando Telethusa circulatrix,
Quae, clunem tunica tegente nulla,
Sexum latius altiusque motat,
Crisabit tibi fluctuante lumbo:
Haec sic non modo te, Priape, possit
Privignum quoque sed movere Phaedrae.


Si la trotacalles Teletusa un día,
con las nalgas al aire y agitando el vientre,
se meneara moviendo el espinazo,
podría con tales artes, oh Priapo,
no solo conmoverte a ti,
sino hasta al casto hijo de Fedra.




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